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Cogito Ergo Sum

 

No hay verdadera izquierda en México

DOBLE FILO

Cogito Ergo Sum


Por: Héctor Castañeda






No hay verdadera izquierda en México

Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu, uno de los filósofos más importantes de la historia y uno de los rostros más visibles de ese bello periodo intelectual conocido como “la ilustración” escribió alguna vez que “La descomposición de todo gobierno comienza por la decadencia de los principios sobre los cuales fue fundado”. Evidentemente, y como el título de esta intervención indica, el tema que nos atañe son los principios, o más bien, la simulación de ellos.

En lo personal, desde hace ya bastante tiempo que considero a Andrés Manuel López Obrador como una persona conservadora disfrazada de progresista. Como un religioso disfrazado de juarista. En lo personal, a mí no me engañó nunca con su discurso, si bien en más de una vez me hizo levantar la ceja en franca confusión.

Puede que el grueso de la población no lo recuerde, pero aún puedo evocar aquella entrevista con Jorge Ramos donde se negaba a establecer una postura acerca de temas tan acuciantes para el progresismo que aún hoy dice enarbolar, como el matrimonio igualitario o la legalización del aborto. “Yo pienso que todas esas decisiones se tienen que tomar… nonononononononono, es que, tú eres periodista, ¿sí? y yo soy dirigente, nononono no es blanco y negro y yo pienso que eso lo tienen que resolver los ciudadanos (…) lo que he propuesto, Jorge, es que esos asuntos se consulten”.

Al parecer a nadie en la faz del planeta Tierra, además de mí, le parece alarmante que este candidato quiera preguntarle a la gente, en uno de los países más machistas y retrógradas, si los gays son humanos para tener los mismos derechos o si nos pertenece el cuerpo de las mujeres para decidir si nos sentimos cómodos con la idea de que aborten. Los derechos de las minorías no deben estar sometidos al beneplácito de las mayorías.

Más alarmante me parece que, aún teniendo 12 años de constante y continua campaña, más de una década de marketing político, no sea capaz de decidir por sí mismo si es progresista o no.

Alfredo del Mazo, con lo impresentable que es y con lo mucho en desacuerdo que estoy con su postura y muchos otros aspectos de él, al menos tuvo el valor de decir que no está a favor de esos temas. Tan fue así que el partido de ultraderecha Encuentro Social lo apoyó en los pasados comicios para gobernador del Estado de México. Este partido en particular tiene un problema severo con la inclusión de derechos humanos universales e inalienables para gays o mujeres.

Y toda esta gente que, con la bella promesa del cambio (que no progreso, que no avance, AMLO ha sido especialmente cuidadoso en tácitamente dotarle comillas a ese cambio) levantaba fervorosamente sus ojos y afilaba trinches en redes sociales contra todo aquél que tuviese la osadía de pensar diferente a ellos o entorpecer el “reino de justicia y fraternidad” tuvo que hacer una nueva e (como la basta mayoría) inútil maniobra mental para justificar que López Obrador haya aceptado una alianza con el mencionado partido Encuentro Social. Con un partido profundamente religioso. Aliado con alguien que se considera a sí mismo un juarista empedernido, rompiendo el laicismo que se supone caracterizó el ideario de Juárez.

Esta acción es más grave de lo que parece, pues prácticamente cierra la posibilidad de un candidato progresista. Ninguna de las tres opciones de punteros parece ser nada diferente unos de otros.

Ni modo, México. Llevamos siglos diciendo esto, pero mejor suerte para la próxima.

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