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Juntas vamos a sacarlos del Semefo

Lupita recuperó durante dos años, fragmento a fragmento, el cuerpo de su hijo, uno entre los cientos de cadáveres que fueron arrojados a las fosas clandestinas de Tlajomulco. Ahora enseña a otras madres cómo reunir cada parte de sus seres queridos para que puedan completar sus restos y darles sepultura

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Juntas vamos a sacarlos del Semefo





05 de diciembre del 2023


El ministerio público le marcó a Lupita el 23 de febrero de 2020 para avisarle que tenía un indicio de su hijo "A", que había desaparecido cinco meses antes. Ese mismo día se presentó en el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses (IJCF). La recibió una trabajadora social, quien le pidió que pasara a su oficina para mostrarle unos tatuajes. En la pantalla accedió a un programa de registro forense clasificado por hallazgos. Abrió un archivo con fotos de tatuajes de un lobo y de una virgen. Lupita solo lloró, lloró.

En el instituto le entregaron una especie de cartografía de horror y dolor: una hoja con el nombre de su hijo y el dibujo de un cuerpo humano con el antebrazo derecho iluminado de amarillo y una marca de identificación.

Era la primera pista de su hijo. Lupita sabía que ese antebrazo fue localizado en la fosa clandestina Lomas del Mirador II, en Tlajomulco, que ese entierro se descubrió tres meses después de que sacaran a “A” casi desnudo de su casa en el fraccionamiento Chulavista, y que la distancia entre ambos lugares es de poco más de un kilómetro. “Está a tras lomita de donde vivíamos; estuve tan cerca, estuve tan cerca y no lo pude rescatar”, se reprocha por lo que pudo ser.

La hojita que le dio el IJCF se volvió su ruta de vida por dos años: se metió a las profundidades de los registros forenses, pidió que le mostraran todos los fragmentos humanos localizados en Lomas del Mirador II, y repasaba una y otra vez el Registro de Personas Fallecidas sin Identificar para tratar de encontrar a su hijo completo. Lo formó poco a poco dentro de su vientre para que naciera; ahora, en su muerte, tenía que recuperar todo su cuerpo para llevarlo a casa y sepultarlo.

En los registros encontró algo que le llamó la atención: “tatuaje: rosario”. Pidió la fotografía que correspondía, reconoció la mano de su hijo y en su memoria esa mano se fue haciendo pequeña hasta ser la de su bebé, una manita que acarició al nacer, que se posaba en su pecho mientras lo amamantaba. Por protocolo le hicieron una prueba de ADN y, al salir positiva, se pintó una nueva pista en la hojita: con marcador amarillo iluminó la mano derecha y escribió un número de registro. Para entonces ya sabía que la "S" que forma parte de ese número corresponde al “sincho”, el registro para la trazabilidad de la bolsa con cada fragmento, y el ID al número de identificación del instituto.

La siguiente pista, localizada el 26 de marzo de 2020, fue demoledora: un torso tatuado con el nombre de su nieto y la fecha de su nacimiento, grabados en el pecho de su hijo.

El nieto de Lupita nació en agosto de 2017. A su padre se lo llevaron por la fuerza el 26 de septiembre de 2019, después de las siete de la mañana. Él vivía solo y tenía en su casa un espacio para guardar chatarra que después vendía.

Con el hallazgo del torso un pensamiento atravesó a Lupita. “Ya no puedo pensar que mi hijo esté vivo”, compartía en marzo del 2020, afuera de las instalaciones del IJCF; entonces acompañaba a su nuera, “K”, para que por primera vez entrara al instituto. Antes de localizar el torso, “K” tenía la ilusión de que pudiera estar vivo. “Mutilado, sí, pero vivo”, decía.

Lupita siguió escarbando en las entrañas del IJCF, pidiendo pruebas de ADN, en reuniones con genetistas, peritos, psicólogas, ministerios públicos, yendo a solicitar los resultados de las confrontas, repasando el infierno en fotos –“he llegado a contar más de cien cabezas, no sé cómo mi cuerpo puede con tanto dolor que vivo y que he escuchado”–, asistiendo a conferencias en México y otros países, vinculándose con la defensa de los derechos humanos, y con tres o cuatro mamás que cada día le pedían ayuda para buscar a los suyos.

Poco a poco su hojita se fue pintando de amarillo hasta que casi completó el cuerpo de su hijo. Le faltó un dedo. “No me di por vencida, caminé dos años, confrontando [haciendo pruebas de ADN] parte por parte, sabía que aquí estaba todo. Siempre le diré a todas las mamases que no se rindan, el Semefo [Servicio Médico Forense] está lleno de nuestros hijos”.

 
 


El 4 de enero de 2022 llegó el día para que "A" regresara a casa. Ese mismo día entregaban a otro joven localizado en la misma fosa Lomas del Mirador II. Las madres del colectivo Familias Unidas por Nuestros Desaparecidos Jalisco (Fundej) esperaron afuera del IJCF todo el día, pero las autoridades no liberaban el cuerpo, así que sus compañeras iniciaron una protesta. La respuesta del gobierno estatal fue enviar a la policía. Las madres reclamaron furiosas: “¡Por qué no mandaron esas policías cuando desaparecieron a nuestros hijos!”, hasta que finalmente salió la carroza fúnebre con "A" y el otro joven. “Bienvenidos a casa”, gritaron las madres de Fundej. “¡Lo logramos, recuperé a mi bebé, ya se va a casa! ¡No se preocupen, no las voy a dejar, vamos a sacar a todos de este lugar, juntas lo lograremos!”, respondió Lupita.

La crueldad administrativa es una continuación de la que ejercen los desaparecedores; a Lupita le entregaron a su hijo seco, en una bolsa forense con los restos esqueletizados. “Yo pensé que me lo mostrarían en una plancha, ya completo, pero me lo entregaron así... a mi bebé, en una bolsa”.

Enterrar a "A" cerró un tiempo y abrió otro en la vida de esta madre que sigue buscando a los hijos de otras: “Significa mucho para mí porque tengo un nieto que preguntaba por su papá; aquí sigo, sin saber me convertí en MP [ministerio público] para buscar a mi hijo y ahora a los de otras mamás que he podido ayudar”.

Buscar a un hijo en Tlajomulco

Lupita salió a trabajar a las siete de la mañana del 26 de septiembre de 2019. Pasó por la casa de su hijo, ubicada a escasos metros de donde vivía entonces. Salió con una corazonada, un mal presentimiento. Al regreso de su jornada laboral le marcaron para decirle que estaba abierta la puerta de la chatarrería de su hijo. Eran casi las tres de la tarde; lo habían sacado a golpes a las 7:40 de la mañana, con la cabeza hacia abajo, sin chanclas, sin camisa, con alarde de violencia –“y nadie me llamó antes”–. A Lupita solo le dijeron que dos hombres armados se lo llevaron.

Ella fue primero a la Fiscalía del Estado de Jalisco a ver si lo tenían detenido; un vigilante le gritó que sí, que ahí estaba, que llevara un birote, una coca, y regresara al día siguiente. “Pero mi corazón me decía que no era verdad”. Volvió cuando le indicaron, pero la versión había cambiado, le confirmaron que no estaba detenido: “Se lo ha de haber llevado ‘la plaza’, señora”.

“La plaza” es ese ente abstracto que domina territorios concretos, decide quiénes viven y quiénes mueren. “La plaza” es una empresa criminal que mantiene su poder económico a través de diversas estrategias, como las llamadas “limpias”: ellos, “la plaza”, hacen listas de personas para desaparecerlas, por colonias, por barrios, por cuadras. Deciden sobre la vida de otros y quieren borrarlos, los desaparecen, los ultrajan, los ingresan a circuitos destinados a eliminar la humanidad de las personas.

Se instalaron departamentos desaparecedores en estas organizaciones criminales que están vinculadas con empresas aparentemente legales. Guadalajara es la capital del lavado de dinero. En las revistas de la “gente bien” de Guadalajara aparecen algunos beneficiados por este negocio criminal. En las periferias de la ciudad, el “lado B” de la empresa hace “limpias”, “invierte” en personal y logística para aplicar su plan sistemático de eliminación–destrucción de personas. La desaparición de personas es generalizada, nadie está a salvo, pero en algunas colonias y territorios se concentra más este delito.

Aunque la especialización de la crueldad busca dificultar la identificación de los desaparecidos para no recordar que sus cuerpos pasaron por esta tierra, que nacieron de un vientre y tuvieron una vida, las madres no lo permiten. Los buscan, los nombran, se enfrentan a esta guerra; mientras arriba dicen que todo está tranquilo, ellas disputan la narrativa, saben lo que pasa, quién domina los nuevos tiempos, son las que desmienten las cifras oficiales, las que enfrentan el horror, las que aprenden recursos forenses y acuden a lo que sea para buscar.

Lupita denunció en la fiscalía y comenzó la ruta de búsqueda que recorren todas las madres. Alguien le sugirió que le marcara a María, una vidente. Le pidió que la guiara hacia donde estaba su hijo. María le decía lo veo muy mal, luego ve para allá, muévete para acá, busca en una brecha –muy cerca de donde él vivía–, estás a un paso, hay gente muy mala cerca de ti, vete de ahí.

Luego le mandó mensajes en los que decía que su hijo estaba perdiendo su luz, que prendiera una vela al lado de un vaso con agua, que colocara una foto y una Biblia. Y Lupita todo lo hacía.

Una noche soñó con "A" caminando en calzones hacia el arroyo cercano a la casa de su abuela. Al llegar al agua se esfumó. “Vino a despedirse de mí; yo le pedía una señal, tuve muchas”.

María también lo sintió: “Tu hijo ya no está. Ya lo mataron”. “¿Cómo lo supo? Ella ya no vio su luz”, explica Lupita.

Saberes colectivos

En una de sus visitas al Semefo, Lupita encontró a integrantes de Fundej, colectivo que fundó Guadalupe Aguilar, quien busca a su hijo José Luis, desaparecido en 2011, y es la primera madre que se presentó públicamente buscando a un hijo en Jalisco en el contexto de la supuesta “guerra contra las drogas”.

Guadalupe Aguilar ha abierto camino en la búsqueda de personas desaparecidas y, a más de diez años de este andar, ha ido advirtiendo que el horror se expande como el cáncer y que miles y miles de familias se siguen sumando al dolor de tener una persona desaparecida. Por el contexto de Jalisco, desde hace años decidió que el colectivo tenía que incluir acciones en el IJCF. Su presencia constante afuera de las instalaciones del instituto permitió que mujeres como Lupita se sumaran al trabajo colectivo de búsqueda.

Dos meses después de la desaparición de "A", la fiscalía de Jalisco encontró la fosa llamada Lomas del Mirador en Tlajomulco, y de ella exhumaron restos humanos que corresponden a por lo menos 54 cuerpos. En diciembre de 2019 se descubrió un entierro muy cerca, con 109 cuerpos, lo llamaron Lomas del Mirador II. Entonces, Guadalupe Aguilar invitó a Lupita a visitar la fosa de Lomas del Mirador II, pues aún estaba en busca de su hijo "A", y así lo recuerda: “Cuando vi el lugar me quedé patinando. Era cerca de donde yo llegué con la vidente. Ellas ya habían visto salir todos los restos. Yo sentí que ahí había estado mi hijo. Ese día me tocó ver donde había solo antebrazos, horrible, olía horrible la fosa. [...] Yo no paraba de llorar”.

 
 


Corredores de desaparición

En 2019, las fichas de desaparición de Fundej se concentran en un corredor de Tlajomulco muy cercano a donde se encontraron las dos fosas de Lomas del Mirador. Una base de datos realizada por Hugo Valdés, Giselle Signoret y Denisse Ayala a partir de esas fichas arroja que los casos de desaparición se concentraban en el corredor formado por las colonias Santa Cruz del Valle, Hacienda de Santa Fe, Chulavista, Lomas del Sur, San Agustín y San Sebastián el Grande.

La mayoría de las desapariciones en Chulavista y Hacienda de Santa Fe ocurrieron en agosto y septiembre; pareciera que por ahí pasaron las “limpias”, esas que planean los criminales en tiempos y territorios determinados, pero de las que hasta ahora conocemos poco. Así, Tlajomulco se ha convertido en los últimos cinco años en el cementerio más grande de México.*

∞∞∞

Lupita inició su búsqueda sola. Cuando encontró al colectivo Fundej, este le ayudó a abrirse camino; la señora Guadalupe Aguilar le enseñó cómo buscar, cómo preguntar. “Y así ha sido. Lo que me he empapado, ella me lo ha enseñado. Cuando supimos que [mi hijo] estaba entre las 110 personas encontradas en la fosa Lomas del Mirador II me dijo: ‘Vas a dedicarte a buscar parte por parte, porque salieron desmembrados’”.

El encuentro de las dos Lupitas coincide con una etapa de profundización de la violencia en Jalisco. En la actual administración del gobernador Enrique Alfaro, la entidad se ha posicionado como la que concentra más personas desaparecidas en el país: 14,313 hasta el 31 de octubre de 2023, según el Sistema de Información sobre Víctimas de Desaparición (Sisovid) del estado.

Lupita aprendió de Guadalupe Aguilar, una madre con más experiencia, pero también de Mary y de decenas y decenas de mamás que se han potenciado juntas. Con los años, Lupita se especializó en buscar entre los cuerpos encontrados en fosas y a diario recibe llamadas de otras familias que necesitan ayuda. Sin planearlo, se convirtió en una especialista en rastrear en las entrañas forenses: “Sé irme por números, segmentos, sinchos [los números que ponen los peritos a las bolsas con restos humanos], eso es lo que me ha hecho ser especialista... Sé que un indicio nos lleva a encontrar a las personas completas”.

Lupita encontró a su hijo, pero ha continuado su labor como “experta en buscar cuerpos en el Semefo”. Su trabajo silencioso es una especie de reparación de esa crueldad que ofende la dignidad ontológica de cada persona: rastrea tatuajes, fotos de fichas de desaparecidos, vuelve a buscar entre los números de identificación de fragmentos localizados en fosas, va a las búsquedas a vigilar qué encuentran las autoridades, acompaña a una mamá y a otra para descubrir esa primera pista que las ayude a reunir a las hijas e hijos que parieron.

En una de sus visitas al Semefo, Lupita me pide sacar copias de un archivo llamado “Hoja de identificación”, que incluye una serie de casillas para sistematizar la información, como número de la carpeta de investigación, nombre de la persona desaparecida, descripción e identificación de segmentos del cuerpo, código, sincho, dictamen y folio.

Al entrar al instituto reparte las hojas a las mujeres que están en la sala de espera de las familias de desaparecidos: “Con esta hoja pueden llevar el registro para que puedan completar a sus hijos”, les dice.

A la primera que acompaña es a Rosa. Entra con el personal de la fiscalía, luego con el de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco, y determinan que tienen que solicitar reabrir la carpeta, regresar al punto de hallazgo y buscar el resto del cuerpo de su familiar.

En las sillas la espera Rosario. Parecen de la misma edad, tiene el cabello largo, negro, algunas canas; se dedica al trabajo del hogar, igual que Lupita. Todo lo que sabe es que algunas partes de su hijo están en el Semefo, pero desconoce en qué fosa lo encontraron, cuándo, con quién. Lupita se mete con ella a la oficina de la fiscalía, le informan que son restos de la fosa de Juanacatlán, le enseñan las fotos de las extremidades inferiores, de pronto un pie. Rosario dice sí, suavecito. Lupita le toma el hombro.

Apenas sale Rosario de las instalaciones, estalla en llanto por reconocer el pie de su hijo, así, arrancado del resto de su cuerpo. Lupita la abraza, le pide que no se marche así, que le diga a su esposo que vaya por ella, que no puede irse en crisis. Rosario no le cuenta que su esposo la dejó sola con sus cuatro hijos, que se enteró antes que ella de que su hijo mayor estaba en el Semefo y hasta después de dos meses le avisó.

Una semana después, a Lupita le notifican que hay instrucciones de que no vuelva a entrar a pedir información de otros casos. A ella le preocupa que no hay ni funcionarios ni organizaciones orientando a muchas madres que en ocasiones no saben ni dónde localizar a su ministerio público. Le duele no poder apoyar, pero a la vez repite lo que su amigo sacerdote le dijo: “Es tiempo para que descanses. Las demás encontrarán su camino de búsqueda”.

Conclusiones

Durante más de una década han desaparecido miles de personas en Jalisco. Se instaló un dispositivo desaparecedor que la ha convertido en la entidad con más personas ausentes en todo México.

Con el aumento de la violencia en el estado se han construido también subjetividades violentas, "endriagas", como diría la filósofa Sayak Valencia. Esto incluye capacitación en repertorios de crueldad encaminados a despojar de humanidad a las personas y a su eliminación, a borrar su existencia.

Ante la instalación de estos dispositivos desaparecedores, las madres de desaparecidos se enfrentan a este nuevo dominio: disputan las narrativas que niegan la catástrofe, van con el diablo si es necesario para rastrear a sus familiares, rascan la tierra con sus manos, se hacen expertas forenses.

En Jalisco recientemente se han localizado cuerpos fragmentados en fosas clandestinas, lo que dificulta la identificación, pero también se ha podido encontrar el cuerpo completo de sus hijas o hijos.

Frente al intento de los criminales de despojar de dignidad a las personas, aun ya fallecidas, las madres cuidan esos cuerpos, cada fragmento crecido en su vientre. Cada acción sutil busca restituir esa dignidad, le recuerdan al mundo que todos estos cuerpos se formaron en un vientre, que tuvieron nombre, existieron y no tenían por qué morir así.

Lupita y todas las madres que han aprendido a buscar en el camino transmiten sus saberes para encontrar a todas, a todos los desaparecidos. Sus formas de hacer política son silenciosas, rabiosas y amorosas. Ellas saben encontrar a los funcionarios con voluntad para aliarse en la búsqueda, pero no es suficiente; como ellas lo denuncian en lonas colocadas afuera del IJCF, faltan recursos y empleados para que todas las personas atrapadas en las tripas del Semefo sean identificadas y regresen a casa.








Alejandra Guillén González


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